Un mantra sencillo, pero poderoso, que nos acerca a la realidad de la vida. A veces buscamos la calma únicamente en los momentos felices, cuando todo parece estar en orden. Sin embargo, la verdadera calma también puede encontrarse en el dolor, en la incertidumbre y en las preguntas que aún no tienen respuesta.
Nada es permanente. Nada es absoluto. La vida cambia constantemente, y nosotros cambiamos con ella.
La curiosidad puede ser una gran compañera de la calma. Cuando preguntamos, observamos y aprendemos, nuestra mente encuentra un propósito más allá del miedo. En lugar de quedar atrapados en aquello que no comprendemos, avanzamos hacia el conocimiento, aunque sea paso a paso.
Seguir preguntando no siempre nos dará respuestas inmediatas, pero mantiene viva la esperanza, alimenta el aprendizaje y ocupa nuestra mente en la construcción en lugar de la preocupación.
Quizás por eso resuenan tanto los versos del poema Invictus, popularizados por Nelson Mandela durante sus años de prisión:
“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.”
No porque podamos controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, sino porque conservamos la libertad de elegir nuestra actitud frente a cada circunstancia. La calma nace precisamente de esa comprensión.
He aprendido que la calma no siempre llega cuando desaparecen los problemas. A veces llega cuando aceptamos que no controlamos todo, pero sí podemos decidir cómo responder, cómo aprender y cómo seguir adelante.
Respiremos. Observemos. Preguntemos.
Mantengamos la mente curiosa, el corazón abierto y el alma en paz.
Porque en calma hay paz en el alma.
Y mientras conservemos el timón de nuestros pensamientos, seguiremos siendo los capitanes de nuestra propia alma.
— Roma es Amor 🌿✨

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